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Atiq Rahimi / Escritor franco-afgano

10 noviembre, 2008

El escritor franco-afgano Atiq Rahimi, recientemente galardonado con el premio Goncourt de novela, nació en 1962 en un hospital francés de Kabul, Afganistán. Su madre era afgana y su padre francés, aunque poco después su padre se nacionalizó afgano a la vez que su madre se hacía francesa. De sus seis hermanos, 3 eran franceses y 3 afganos, y Atiq hablaba frances con los afganos y afgano con los franceses lo que le provocó graves problemas de comunicación y un cierto aislamiento familiar.

Su padre estaba decidido a ayudar al pobre Atiq y le regaló un diccionario ruso-italiano que no le sirvió en principio para nada. Sin embargo, tras la lectura detallada del mismo, el pequeño Atiq desarrolló un gran interés por la novela de ficción.

Su primera obra de relevancia fue un ensayo sobre la influencia de la crema hidratante en la política neocolonial en la India. La obra se tituló “Casi ninguna” y con la fuerza de sus 3 páginas consiguió atraer la atención de la crítica literaria mundial.

Años después publicó su aclamado libro de poemas “Agua en el desierto no hay” que le proporcionó fama mundial y prácticamente no había escuela ni universidad ni familia donde no se repitieran hasta la saciedad sus versos más famosos:

“En el desierto no hay nada de agua
 que pena me da
 que en el desierto no haya nada de agua”

Pero sin duda, su obra cumbre es “Bajo la sombra del abedul”, una apasionante historia sobre cómo un niño afgano autista se pone un día bajo la sombra de un abedul y ya no sale más. El hecho de que la obra sea en afgano antiguo, con algunos fragmentos en griego, hebreo y braille, además del hecho de que no haya más personajes que el niño autista, pueden hacer un poco complicada su lectura en las 990 primeras páginas. Sin embargo, en las últimas 10 el niño afortunadamente muere y el libro acaba.

Lamentablemente, con la fama llegaron los problemas. Los fundamentalistas islámicos le sentenciaron a muerte porque consideraban que su retrato de Mahoma como un jubilado de Terrasa era ofensivo. Los cristianos radicales le amenazaron por la utilización de palabras malsonantes como “bellaco” o “perorata”. Los judíos ortodoxos nunca le perdonaron que ninguno de sus personajes fuera circuncidado. Y por último, un grupo de monjes budistas de Nepal también se sumaron a las amenazas porque les daba reparo quedarse al margen.

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